viernes, 15 de marzo de 2013

Tejiendo... lo que más me gusta

Uno de mis hobbies, y desde hace mucho tiempo, es tejer. Me gusta ver como a partir de una simple hebra de lana surgen motivos, dibujos y formas tan diversas,
Pero esta es la primera vez en la que me animo a encarar un tejido desafiante... porque no soy la única que tiene la responsabilidad de tejer, somos MUCHOS:

Hoy empecé a participar en TRAL, o sea, somos un montón los que empezamos a "tejer redes de aprendizaje en línea".
¿Qué es TRAL?

Hoy nos encontramos por primera vez con Diego Leal y el resto de los nuevos tejedores para empezar este desafío interesante y necesario para todos los que estamos en la educación...
Ahora se viene lo mejor,,, empezar a unir las ideas de todos los...tralenderos, tralisteros, traleros, traleños, tralistas, traileros, traliteros o cómo elijamos llamarnos... Lo importante es empezar el camino juntos....

El viaje de otro naúfrago

Darle vida a este blog después de tanto tiempo no es fácil... Encontrar el tema, las palabras no es sencillo, pero me decidí por compartir algunas ideas sobre la película que se ganó algunos premios Oscar este año (lo que cada uno sabrá si es importante o no). Cuatro premios, entre los que se incluye el de mejor director la colocó en una de las películas más comentadas de estos tiempos.

Lo que aquí conocimos como "La aventura extraordinaria" de Ang Lee (nunca entenderé esa manía de las distribuidoras de cambiarle el nombre a las películas) tiene un nombre más sugerente: La vida de Pi. Aunque es evidente que la historia que imaginó el canadiense Yann Matel fue llevada con maestría a la pantalla 3D, considero que lo más importante es el relato dentro del relato. Las historias que atraviesa Pi y Richard Parker en medio del oceáno son más ricas y profundas que lo que nos proponen las impactantes imágenes.


El propio autor define las líneas principales de la historia (en Entrevista a Yann Martel
La historia hace pensar en la religión y en lo que creemos y cuándo... Auqne tal vez lo más importante sea uno de los últimos diálogos de la película: "¿en cuál de las dos historias prefieres creer?".
Para los que prefieran leer primero el libro, lo encontrarán aquí: 
novela "La vida de Pi"

Para los que no la vieron y se tientan, aquí el trailer:
La vida de PI

miércoles, 20 de junio de 2012

La literatura hipertextual

En los tiempos de Internet, la literatura cambia. Cambia la forma en la que se escribe y cambia la forma en la que se lee. 
   
 El hipertexto abre múltiples interpretaciones, algunas pensadas por el autor pero otras que fomentan la creatividad que tenemos los lectores, La definición dada de hipertexto varía según el sitio que leemos, por ejemplo: 
o Para William Horton, “para muchos escritores, este no es solamente un cambio de técnica si no de identidad personal y profesional al punto, que deben aprender nuevas habilidades, asumir nuevos roles, y redefinir sus carreras”. En este sitio se puede leer un excelente artículo sobre los hipervínculos en la literatura, http://www.hipertexto.info/documentos/literat.htm


domingo, 3 de junio de 2012

A veces, esto es leer

A todos nos gusta leer. De eso no hay dudas, aunque a veces nos sintamos como la protagonista de la imagen... Tapadas de todo lo que tenemos o queremos leer. Aunque visto de otro modo, también nuestro libros nos protegen y nos arropan...

Otra forma de contar historias con los libros

Cuando las historias no están dentro sino los libros son los protagonistas... En este caso, la creación en lo que se llama "moving paper" es una animación realizado sobre el cuento Moving West de Maurice Gee. Ha recibido numerosos premios, nominaciones y subvenciones para su obra de ficción para adultos. Maurice Gee fue uno de diez de los artistas más importantes de Nueva Zelanda, como de la Fundación de Artes de Nueva Zelanda. Sus cuentos y novelas son conocidos por sus valores reales o la reelaboración de temas como las familias disfuncionales y de la violencia. El estudio Andersen M Studio realizó el corto con más de 3000 imágenes para el Consejo del Libro de Nueva Zelanda. Aquí otro ejemplo:

La mano del peregrino

Quien haya afirmado que viajar es una forma de atrasar lo inevitable, no miente. El viaje terminó, pero siento que es el momento de replantear la fecha de la próxima salida. ¿Mañana? No. Mejor tomar distancia de los paisajes que inundaron los ojos con sorpresas inimaginables. Pensar que el día en que atravesé la gran puerta, dudé. Sabía que entrar en la ciudad que tantos habían cantado, cambiaría irremediablemente mi forma de ver la vida. En parte, para eso había partido. Aventura, crecimiento, ser otro bajo la misma piel. Cuando abandoné mi pueblo, sabía que sería un viaje largo hacia la magnífica ciudad, que en tantos sueños vi. Me preparé y acondicioné mi equipaje; aunque ¿qué llevar? Todo lo que necesitaba lo tenía en mi cabeza: sabía que una vez que atravesara el pórtico bajo la atenta mirada de los guardias, las callejuelas no podrían ser desconocidas para mí. Durante años, leí todo lo que osados viajeros habían dejado escrito en grandes volúmenes; conseguí los planos que dejaban ver las estrechas callejuelas que me llevarían hasta el secreto mejor guardado. Buscaba lo que muy pocos sabían, lo que todos callaban y los que muy pocos querían saber. Yo quería ser uno de los pocos que conocieran esa verdad oculta. Como los viejos peregrinos, un pequeño bolso contenía lo necesario y tan solo una capa y un sombrero de ala ancha me protegerían del viento y del viento. La valentía no entraba en ningún morral visible pero llenaba el corazón de emoción y aventura. Si otros lo habían logrado, yo también. La vejez me encontraría orgulloso de mí mismo y contando a mis nietos las peripecias del viaje. O tal vez, no regresaría nunca y moriría escuchando palabras cuyo significado nunca comprendería, pero feliz de no haber traicionado lo que quería hacer: conocer por mí mismo la verdad que otros ya sabían. Muchos pensaron que estaba loco. Y yo también. Pero la fascinación que durante años tuvo esa ciudad para mí, pudo más. Y partí. Las primeras noches en ella, no me sorprendieron. Era como lo habían narrado los viajeros: gente de las ciudades más lejanas y curiosas llenaban las callejuelas con voces desconocidas y colores estridentes: aquel buscaba comida, el otro cobijo y yo… fuerza. No podía desfallecer cuando, al mirar hacia arriba veía lo que me faltaba recorrer. Las cúpulas me prometían poder ver más allá, pero… había que llegar. Los alminares llamaban a la oración en los momentos en que olvidaba que parte de los hombres debían cumplir con quien parecía mirar desde lo alto. ¿Yo era uno de ellos? No. Aunque, a veces, lo olvidaba estaba en esas calles angostas para averiguar la Verdad. Los antiguos contaban que unos pocos elegidos habían conseguido llegar hasta la cima, en dónde desde los campanarios del Templo Máximo se veía lo que las Escrituras decían. Hacía allí, iba… Caminaba, noche y día, y animado por las ansias de llegar, el cansancio no lograba vencerme. A medida, que pasaban los días, las dificultades aumentaban: las calles eran más estrechas, el aire era más liviano y la gente, más hosca. Me detenía, de a ratos para ver que lograba ver más allá de los tejados rojos y las altas torres de piedra gris. Pero, aún recuerdo la mirada de los pocos con los cuáles me cruzaba en la calle, que me acusaba de mi extrema travesía. En sus rostros, se veía el rechazo que les producía otro curioso que quería violar el secreto. Eso me alentaba a continuar. Los últimos tramos fueron una verdadera prueba pero llegar al pórtico del templo fue la coronación del viaje. Como en un sueño, hice lo que tantos me habían contado: puse mi mano derecha sobre la columna del pórtico, en ese lugar desgastado por las manos de los que me habían precedido. Poner la mano en esa huella me hizo sentir que por fin, llegaría a la verdad. En el templo, agradecí porque un viaje no es sólo cambiar de lugar sino crecer. Poder haber superado los obstáculos me había convertido en otra persona. Mis palabras se elevaron entre columnas e incienso. Ese aroma impregnó mis pensamientos y descubría otros peregrinos tan emocionados como yo. Comprendí la magnitud de mi proeza, y sentí que mi corazón me decidía que allí terminaba la travesía. ¿Para qué seguir, me pregunté? No quise retrasar el regreso. Oré por última vez, sabiendo porqué muchos se inclinaban (no importa dónde) a rezar buscando este templo. Porque era el verdadero centro del mundo, donde cada uno de los que llegamos descubrimos nuestro propio centro, nuestra propia verdad.