domingo, 3 de junio de 2012
La mano del peregrino
Quien haya afirmado que viajar es una forma de atrasar lo inevitable, no miente. El viaje terminó, pero siento que es el momento de replantear la fecha de la próxima salida. ¿Mañana? No. Mejor tomar distancia de los paisajes que inundaron los ojos con sorpresas inimaginables.
Pensar que el día en que atravesé la gran puerta, dudé. Sabía que entrar en la ciudad que tantos habían cantado, cambiaría irremediablemente mi forma de ver la vida. En parte, para eso había partido. Aventura, crecimiento, ser otro bajo la misma piel. Cuando abandoné mi pueblo, sabía que sería un viaje largo hacia la magnífica ciudad, que en tantos sueños vi.
Me preparé y acondicioné mi equipaje; aunque ¿qué llevar? Todo lo que necesitaba lo tenía en mi cabeza: sabía que una vez que atravesara el pórtico bajo la atenta mirada de los guardias, las callejuelas no podrían ser desconocidas para mí. Durante años, leí todo lo que osados viajeros habían dejado escrito en grandes volúmenes; conseguí los planos que dejaban ver las estrechas callejuelas que me llevarían hasta el secreto mejor guardado. Buscaba lo que muy pocos sabían, lo que todos callaban y los que muy pocos querían saber. Yo quería ser uno de los pocos que conocieran esa verdad oculta. Como los viejos peregrinos, un pequeño bolso contenía lo necesario y tan solo una capa y un sombrero de ala ancha me protegerían del viento y del viento. La valentía no entraba en ningún morral visible pero llenaba el corazón de emoción y aventura. Si otros lo habían logrado, yo también. La vejez me encontraría orgulloso de mí mismo y contando a mis nietos las peripecias del viaje. O tal vez, no regresaría nunca y moriría escuchando palabras cuyo significado nunca comprendería, pero feliz de no haber traicionado lo que quería hacer: conocer por mí mismo la verdad que otros ya sabían.
Muchos pensaron que estaba loco. Y yo también. Pero la fascinación que durante años tuvo esa ciudad para mí, pudo más. Y partí. Las primeras noches en ella, no me sorprendieron. Era como lo habían narrado los viajeros: gente de las ciudades más lejanas y curiosas llenaban las callejuelas con voces desconocidas y colores estridentes: aquel buscaba comida, el otro cobijo y yo… fuerza. No podía desfallecer cuando, al mirar hacia arriba veía lo que me faltaba recorrer. Las cúpulas me prometían poder ver más allá, pero… había que llegar. Los alminares llamaban a la oración en los momentos en que olvidaba que parte de los hombres debían cumplir con quien parecía mirar desde lo alto. ¿Yo era uno de ellos? No. Aunque, a veces, lo olvidaba estaba en esas calles angostas para averiguar la Verdad. Los antiguos contaban que unos pocos elegidos habían conseguido llegar hasta la cima, en dónde desde los campanarios del Templo Máximo se veía lo que las Escrituras decían. Hacía allí, iba…
Caminaba, noche y día, y animado por las ansias de llegar, el cansancio no lograba vencerme. A medida, que pasaban los días, las dificultades aumentaban: las calles eran más estrechas, el aire era más liviano y la gente, más hosca. Me detenía, de a ratos para ver que lograba ver más allá de los tejados rojos y las altas torres de piedra gris. Pero, aún recuerdo la mirada de los pocos con los cuáles me cruzaba en la calle, que me acusaba de mi extrema travesía. En sus rostros, se veía el rechazo que les producía otro curioso que quería violar el secreto. Eso me alentaba a continuar.
Los últimos tramos fueron una verdadera prueba pero llegar al pórtico del templo fue la coronación del viaje. Como en un sueño, hice lo que tantos me habían contado: puse mi mano derecha sobre la columna del pórtico, en ese lugar desgastado por las manos de los que me habían precedido. Poner la mano en esa huella me hizo sentir que por fin, llegaría a la verdad.
En el templo, agradecí porque un viaje no es sólo cambiar de lugar sino crecer. Poder haber superado los obstáculos me había convertido en otra persona. Mis palabras se elevaron entre columnas e incienso. Ese aroma impregnó mis pensamientos y descubría otros peregrinos tan emocionados como yo. Comprendí la magnitud de mi proeza, y sentí que mi corazón me decidía que allí terminaba la travesía. ¿Para qué seguir, me pregunté? No quise retrasar el regreso. Oré por última vez, sabiendo porqué muchos se inclinaban (no importa dónde) a rezar buscando este templo. Porque era el verdadero centro del mundo, donde cada uno de los que llegamos descubrimos nuestro propio centro, nuestra propia verdad.
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